5 cuentos cortos para niños
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5 cuentos cortos para niños – cuentos cortos infantiles

cuentos cortos para niños

Pensando en los peques te ofrecemos 5 cuentos cortos para niños, seguro que disfrutaran de su lectura al mismo tiempo que desarrollan su habilidad lectora.

Los cuentos cortos para niños que te ofrecemos en esta sección los podrás copiar fácilmente bien puedes imprimir o descargar los cuentos cortos infantiles en PDF.

Los cuentos hablan de temas universales y están acompañados de valores morales, también nos enseñan nuevos conceptos y nos permiten explorar diferentes culturas.

Sabías que Los cuentos transmiten una educación moral, se dirigen a todos los aspectos de la personalidad, y van directo al hemisferio no racional del cerebro, lo que facilita en los niños y niñas la incorporación de pautas de comportamiento basadas en valores sin necesidad de analizarlas

No es necesario disponer de cuentos ilustrados, ya que cada niño y cada niña forman su propia imagen mental de los personajes, y al final de la lectura se les puede pedir que dibujen o modelen en masilla su personaje o escena favorita de la historia que escucharon.

5 cuentos cortos para niños

Aquí tienes los cuentos, esperamos disfruten de su lectura:

Los tres cerditos

Junto a sus papás, tres cerditos habían crecido alegremente en una
cabaña del bosque. Y como ya eran mayores, sus papás decidieron que era
hora de que hicieran, cada uno, su propia casa.
Los tres cerditos se despidieron de sus papás, y fueron a ver cómo
era el mundo.
El primer cerdito, el perezoso de la familia, decidió hacer una casa
de paja. En un minuto la choza estaba hecha. Y entonces se echó a dormir.
El segundo cerdito, un glotón, prefirió hacer una cabaña de madera.
No tardó mucho en construirla. Y luego se echó a comer manzanas.
El tercer cerdito, muy trabajador, optó por construirse una casa
de ladrillos y cemento. Tardaría más en construirla pero se sentiría más
protegido. Después de un día de mucho trabajo, la casa quedó preciosa.
Pero ya se empezaba a oír los aullidos del lobo en el bosque.
No tardó mucho para que el lobo se acercara a las casas de los tres
cerditos. Hambriento, el lobo se dirigió a la primera casa y dijo:

¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme la puerta o soplaré y tu casa tiraré!.
Cómo el cerdito no la abrió, el lobo sopló con fuerza, y derrumbó la
casa de paja.

El cerdito, temblando de miedo, salió corriendo y entró en la casa de
madera de su hermano.

El lobo le siguió. Y delante de la segunda casa, llamó a la puerta, y dijo:

¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme la puerta o soplaré y tu casa tiraré!
Pero el segundo cerdito no la abrió y el lobo sopló y sopló, y la
cabaña se fue por los aires. Asustados, los dos cerditos corrieron y entraron
en la casa de ladrillos de su hermano.
Pero, cómo el lobo estaba decidido a comérselos, llamó a la puerta y
gritó:

¡Ábreme la puerta!¡Ábreme la puerta o soplaré y tu casa tiraré!
Y el cerdito trabajador le dijo:

¡Sopla lo que quieras, pero no la abriré!
Entonces el lobo sopló y sopló. Sopló con todas sus fuerzas, pero la
casa no se movió. La casa era muy fuerte y resistente. El lobo se quedó casi sin aire.
Pero aunque el lobo estaba muy cansado, no desistía.
Trajo una escalera, subió al tejado de la casa y se deslizó por el
pasaje de la chimenea. Estaba empeñado en entrar en la casa y comer
a los tres cerditos como fuera. Pero lo que él no sabía es que los cerditos
pusieron al final de la chimenea, un caldero con agua hirviendo.
Y el lobo, al caerse por la chimenea acabó quemándose con el agua
caliente. Dio un enorme grito y salió corriendo para nunca más volver.
Y así, los cerditos pudieron vivir tranquilamente. Y tanto el perezoso
como el glotón aprendieron que sólo con el trabajo se consigue las cosas.

Los regalos de los duendes

Un sastre y un platero iban caminando juntos por el mundo, cuando
una tarde oyeron una música a lo lejos. Era una música extraña pero
muy alegre, y al oírla se animaron y caminaron más de prisa. Llegaron
a un montecillo en el momento en que salía la luna, y se quedaron
asombrados al ver allí a muchos hombrecitos y mujercitas muy pequeños,
que bailaban en coro y saltaban con mucha alegría; y estaban cantando
aquella canción rara y alegre que habían oído desde lejos. En el centro
del corro había un viejecito un poquitín más alto que los otros, con un
traje de colorines y una barba larguísima y blanca. El sastre y el platero se
quedaron un buen rato mirando a los bailarines, y en esto, el viejecito los
vio y los llamó para que se sentaran a su lado; el platero era muy decidido
y entró él primero en el corro. El sastre era algo más tímido, y al principio
no se atrevía, pero al fin perdió el miedo porque los veía a todos tan
alegres y simpáticos.
Los dos caminantes se sentaron junto al viejecito, y los otros
siguieron bailando y cantando; y de pronto, el viejecito sacó un cuchillo
enorme que llevaba en el cinturón, empezó a afilarlo y miró a los
caminantes. Ellos se quedaron muertos de miedo; y el viejecito, sin decir
una palabra, agarró al platero y le cortó de dos tajos el pelo y la barba, y
luego hizo lo mismo con el sastre. El viejecito se echó a reír y les dio unas
palmadas en la espalda, y entonces se les pasó el miedo. Luego el viejecito
enseñó unos montones de carbón que había allí a su lado, y les dijo por

señas que se metieran el carbón en los bolsillos. Los caminantes no sabían
para qué iba a servirles el carbón, pero no quisieron desairar al viejo y
se llenaron los bolsillos, y luego se despidieron y se marcharon a buscar
alguna casa donde pasar la noche.
Llegaron al valle, y oyeron que la campana de algún convento
daba las doce; y en aquel momento, los duendecillos dejaron de cantar y
reír, y el campo se quedó sólo callado a la luz de la luna. Los caminantes
encontraron una posada, y se echaron a dormir sin desnudarse, porque
estaban cansadísimos. Por la mañana, al sentir que el traje les pesaba
mucho, se metieron las manos en los bolsillos y se quedaron de una pieza;
ya no tenían carbón, sino grandes pedazos de oro puro. Y además les
había vuelto a salir el pelo y la barba.
Estaban encantados; de la noche a la mañana se habían
convertido en hombres ricos, sobre todo el platero, que era un
aprovechado y se había metido mucho carbón en los bolsillos. Y como era
tan ambicioso, le dijo al sastre que sería mejor quedarse allí y volver por la
noche a la colina para pedirle más carbón al viejecito. Pero el sastre dijo:
-Yo me contento con lo que tengo; ahora pondré un buen taller,
me casaré con mi novia y seré muy feliz.
Pero el platero se puso muy pesado, y el sastre se quedó en la
posada para hacerle compañía. Cuando ya se había puesto el sol, el
platero cogió un par de sacos para llevarse todo el carbón de la colina,
y al salir la luna, fue en busca de los duendes, y se encontró cantando y
bailando como la noche anterior. El viejecito le volvió a cortar el pelo y la
barba, y le dijo por señas que cogiera carbón; el platero se llenó bien los
bolsillos y cargó los sacos hasta el borde, y luego se volvió a la posada
donde le esperaba el sastre y se echó a dormir. Y, en cuanto se despertó,
metió las manos en los bolsillos. ¡Qué disgusto se llevó! ¡Sus bolsillos y los
sacos estaban llenos de carbón! Pero lo peor fue que también se había
vuelto carbón el oro que tenía la mañana anterior.

Buenas noches

Monito hijo, cierra los ojos por favor, ya duerme…” dijo la mamá
monita. “Ya es hora de dormir estoy muy cansada, anda, duérmete…”
Pero el monito solamente quería jugar. La mamá mona estaba muy
pero muy triste y cansada. Hace mucho tiempo que dejaron su casita.
Por eso, resolvió, irse a dormir a otro árbol.
“Estoy con miedo de la oscuridad…” dijo el monito casi a punto de
llorar, mientras la luna lo miraba…
“Miedo a la oscuridad? No lo creo…” exclamó la luna y explicó: “La
oscuridad no hace daño a nadie… La noche es bonita llena de estrellas,
es tranquila, buena para descansar. En la noche todas y todos duermen,
grandes y pequeños, caballos, bueyes y pajaritos…”
“Nadie debe tener miedo a la oscuridad. Cierra los ojos monito que
yo te voy a cantar una canción para que duermas bien…” le dijo la luna.
El monito cerró los ojos y la luna canto así:
“Buenas noches… hasta mañana. Duerme bien… sueña conmigo
un lindo sueño… lindo muy lindo, hasta mañana…”
El monito se adormeció y la luna fue a llamar a la mamá mona.
“¿Cómo logró dormir a mi hijo, doña Luna?” Preguntó la mamá monita.

“Le canté una canción… a todos y todas los pequeñitos les gustan
mucho las canciones y que los acaricien mientras duermen”.
“…Enséñeme esa canción doña Luna”, le pidió la mamá mona. La
luna enseñó a la mamá mona su canción. Entonces la mamá mona fue a
acostarse junto a su hijito abrazándolo con ternura.
Feliz doña Luna siguió su camino, pues sabía que ahora las familias
cuidarían mejor sus hijitas e hijitos.

Ali Babá y los 40 ladrones

Había una vez un joven llamado
Ali Babá. Él siempre viajaba por el
Oriente para traer las noticias al rey.
Cierto día, notó un movimiento
extraño cerca de donde estaba.
Habían 40 hombres, frente a una
gran piedra. Entonces uno de ellos
dijo:

¡Ábrete Sésamo!
Y la piedra se movió y todos
entraron, cargando varios cofres. Ali
Babá era muy curioso y decidió quedarse allí mirando. Cuando salió, uno de
los hombres dijo:

¡Ciérrate Sésamo!
Cuando se fueron, Ali Babá fue a la piedra y dijo las palabras mágicas. Y la
piedra se movió.

Ali Babá apenas podía creer lo que
estaba viendo: muchas monedas de
oro, plata, alfombras y telas finas.
Él tomó lo que pudo y fue al
palacio del sultán. Pidió a la hija del
sultán en matrimonio, porque ahora
tenía suficiente dinero para casarse.
El sultán aceptó y, con eso, Alí Babá tendría más dinero para construir el
Palacio y hacer la fiesta de bodas.
Luego él volvió al lugar donde los 40 ladrones guardaban toda aquella
fortuna. Sin embargo, los ladrones ya sabían que Ali Babá estaba sacando el
dinero y planearon capturarlo.

El día de la fiesta de bodas, los
ladrones se escondieron dentro de
los barriles de vino, para atacar a
la joven cuando la fiesta termine.
Ali Babá, al entrar para ver
si todavía había vino para los
invitados, descubrió a los ladrones
escondidos. De inmediato fue a
la sala y anunció que necesitaba
ayuda para botar el vino porque
ya estaba rancio.
Ali Babá dijo a sus ayudantes: – Atención echen todos los barriles a ese
acantilado.
Ali Babá logró librarse de los ladrones y así se quedó con todo el tesoro que
había en la cueva .

El león y los tres toros

Un vez

tres toros hicieron un pacto de amigos y juraron no romperlo,
pasara lo que pasara. El pacto consistía en repartirse por partes iguales
un pastizal que habían descubierto en los alrededores del bosque, de
tal manera que todos pudieran pasear y pastar a su antojo y ninguno
invadiera la parte de terreno que les correspondía a los otros dos.

Todo iba muy bien hasta que un día un león hambriento descubrió
el pastizal con los tres gordos y cebados animales.

La boca se le hizo agua de sólo verlos y se propuso darse tres
suculentos banquetes.

El problema era que nada podría hacer mientras los toros, que eran
animales fuertes y poderosos, se mantuvieron unidos. De modo que ideó
un astuto plan para enemistarlos entre sí.

Adoptando un aire hipócrita y zalamero, atrajo la atención de cada
uno de ellos por separado y lo convenció de que los otros dos se habían aliado para quitarle su parte del terreno y apoderarse de sus pastos antes de que llegara el invierno.

Los toros ingenuamente le creyeron y se llenaron de desconfianza y
recelo entre sí, hasta el punto de no moverse cada uno de su pastizal por
temor a que los otros dos se lo quitaran.

En cuanto los vio separados, el león los atacó uno por uno y se dio
los tres suculentos banquetes con que había soñado.

“La discordia que divide a los amigos es la mejor arma para los
enemigos” Esopo.

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